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Secuelas de la COVID-19 en órganos y sistemas

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A medida que avanza la pandemia por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 vamos conociendo las posibles secuelas que puede dejar la enfermedad. Además, los sistemas sanitarios van adquiriendo experiencia en la atención de la oleada de pacientes que afortunadamente ha superado la COVID-19.

Las secuelas que puede dejar la infección depende mucho de su gravedad y de si ha habido necesidad de un ingreso en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Los principales problemas que pueden aparecer tras superar la fase aguda de la infección se pueden dividir en cuatro categorías:

  • Secuelas físicas en diversos órganos y sistemas secundarias a la infección. Se trata principalmente de secuelas en el pulmón, que es el principal órgano diana de la infección, y de la posibilidad de desarrollar una trombosis con consecuencias potencialmente graves.
  • Secuelas secundarias a un ingreso en la UCI, especialmente la debilidad muscular, que puede ser muy importante si el ingreso ha sido prolongado.
  • Malnutrición asociada a la enfermedad o al ingreso hospitalario.
  • Secuelas psicológicas debidas a la situación vivida y a todo el sufrimiento que ha acompañado a la enfermedad.

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Respecto a las secuelas físicas, preocupa la posible afectación de los pulmones después de una neumonía o infección grave de los pulmones por coronavirus. Por fortuna, la mayoría de los pacientes parece no presentar ninguna secuela pero algunos pueden desarrollar ciertos signos compatibles con fibrosis pulmonar. La fibrosis pulmonar se debe a que el tejido pulmonar normal se sustituye por un tejido cicatricial (similar a las cicatrices de la piel cuando nos hacemos una herida) lo que impide que el pulmón funciones con normalidad. Esto puede producir sensación de falta de aire o cansancio fácil con pequeños esfuerzos.

Se cree que la posibilidad de esta complicación es inferior al 5% de las infecciones. Sin embargo, tras una neumonía de cierta importancia por coronavirus los médicos pueden recomendar la realización de algunas pruebas de imagen como una radiografía o un TAC y algunas pruebas de función respiratoria para evaluar la posibilidad de algún grado de fibrosis pulmonar residual tras la infección.

Además del pulmón, la infección por coronavirus puede afectar otros órganos o sistemas como el corazón, los riñones, el hígado, y el cerebro. Por ello, los médicos revisan cuidadosamente las analíticas de los pacientes al alta y pueden indicar la repetición de algunos análisis de sangre, principalmente para controlar posibles alteraciones en la función del riñón y del hígado. También puede estar indicado la realización de un electrocardiograma, especialmente si se ha estado en tratamiento con fármacos como hidroxicloroquina o azitromicina, los cuales en raras ocasiones pueden originar algún trastorno en la conducción eléctrica del corazón.

La infección por coronavirus también se asocia a un aumento de la coagulabilidad de la sangre, que puede persistir un cierto tiempo tras la fase aguda. Por ello, se ha visto que se pueden formar trombos, principalmente en las venas profundas de los miembros inferiores, dando lugar a lo que se conoce como trombosis venosa profunda. Estos trombos pueden movilizarse dentro de los vasos y acabar obstruyendo algún vaso sanguíneo del pulmón, dando un problema potencialmente muy grave llamado tromboembolismo pulmonar.

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La trombosis en las piernas se produce especialmente si tras la infección se mantienen inmovilizados los miembros inferiores durante periodos de tiempo prolongado. Tras la fase aguda de la enfermedad, los médicos pueden recomendar algún tratamiento anticoagulante a los pacientes, como la heparina, junto con otras recomendaciones como la movilización frecuente de las piernas y evitar el sedentarismo.

Por otra parte, un ingreso en la UCI puede asociarse a complicaciones posteriores, entre las que destacan los problemas derivados a la inmovilidad prolongada. La debilidad muscular por inmovilidad tras una estancia en la UCI es el factor que más afecta la calidad de vida de los pacientes, y el que tarda más en recuperarse. Los síntomas dependen de la duración del ingreso en la UCI, de la gravedad del proceso, o de otras enfermedades asociadas que puede presentar el paciente, pero en cualquier caso puede ser necesario un proceso de rehabilitación que puede prolongarse varios meses.

Además, tras la enfermedad se ha detectado que muchos pacientes presentan cierto grado de malnutrición. Los trastornos del estado nutricional tienen un origen multifactorial.

La infección puede producir pérdida del apetito, además de pérdida del gusto y el olfato, o asociarse a dificultad para tragar o problemas intestinales. También puede existir debilidad tras una estancia en la UVI. Todos estos factores pueden llevar a una menor ingesta y a cierto grado de malnutrición en un breve espacio de tiempo, lo cual tiene un impacto negativo en la recuperación de la enfermedad. Por ello, puede ser necesario un estudio del estado nutricional y ponerse en manos de profesionales para seguir recomendaciones dietéticas y evaluar si hacen falta suplementos alimentarios.

Finalmente, por desgracia esta epidemia está provocando mucho sufrimiento emocional, tanto en los pacientes como en los familiares y personas cercanas. La enfermedad, la soledad con la que la han vivido muchas personas, o la imposibilidad de despedirse de los seres querido en caso de fallecimiento pueden tener un profundo impacto psicológico. La atención y el apoyo psicológico puede ser imprescindible para poder expresar las emociones y superar las secuelas psicológicas.

En resumen, tras la fase aguda de la infección por coronavirus pueden quedar numerosas secuelas físicas y psicológicas que pueden tener un gran impacto en la calidad de vida de los pacientes. La consulta con un profesional de la medicina general que tenga una visión global de todos los posibles problemas puede ser de mucha ayuda para superar la enfermedad de manera satisfactoria.

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