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Cómo está afectando la “nueva normalidad” a nuestra salud

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La pandemia por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, ha cambiado nuestras vidas en pocos meses. En nuestro medio nos creíamos a salvo de plagas y epidemias, pero el virus nos ha recordado la fragilidad humana y del sistema en el que vivimos.

Además del impacto directo que puede tener  la infección en la salud, la pandemia puede afectar nuestra salud física o emocional de manera indirecta de múltiples formas. Así nuestra salud se puede ver afectada por las dificultades para establecer relaciones o encontrar apoyos sociales, un menor acceso a los recursos sanitarios, posibles dificultades laborales y económicas, problemas derivados del confinamiento y de las limitaciones para salir de casa, incluyendo problemas de pareja, o por la pérdida de buenos hábitos saludables como la alimentación sana o el ejercicio físico regular.

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En la “nueva normalidad”, que ha llegado tras la primera oleada de la pandemia, se están dando patologías que afectan nuestra salud física y emocional que pueden requerir la ayuda de algún profesional sanitario.

Respecto a la salud emocional, cuando se produce un hecho traumático o un acontecimiento vital impactante, como puede ser la infección por coronavirus o la pérdida de algún ser querido, habitualmente la respuesta psicológica al acontecimiento sucede en tres etapas:

  • Una primera fase de ‘respuesta inmediata’, que se caracteriza por la presencia de emociones intensas y cierta sensación de pérdida de control.
  • En una segunda fase, todavía aguda, se intenta asimilar la experiencia traumática pero predomina una atención centrada en el suceso y sus consecuencias. Se presentan emociones “intrusivas” como la rabia, el miedo o la culpa, e ideas anticipatorias y de indefensión. Se puede producir una desorganización del estilo de vida anterior en mayor o menor medida. Esta fase puede durar varios meses.
  • Finalmente, tras el paso del tiempo se entra en tercera fase de integración y normalización del curso de la vida, sin que esta quede marcada o limitada por la experiencia acontecida.
Con más o menos dificultades, la mayoría de las personas alcanzará la tercera fase y logrará superar el problema. Sin embargo,  algunas personas pueden afrontar la situación de una manera inadecuada y acabar desarrollando un comportamiento disfuncional, que se puede prolongar mucho en el tiempo, por lo que es recomendable que encuentren ayuda profesional de manera temprana.

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Los psicólogos nos indican que hay determinados factores de cada persona que pueden hacer que sean especialmente vulnerables a las situaciones traumáticas. La vulnerabilidad será mayor si se acumulan algunas de las siguientes circunstancias:

  • Acumulación de varias fuentes de estrés al mismo tiempo (enfermedad, cuidado de otras personas, pérdida de la fuente de ingresos, incertidumbre sobre el futuro, etc.).
  • Pérdida de personas allegadas, con pérdida de relaciones sociales significativas.
  • Otras experiencias o fuentes de estrés anteriores que se acumulan a la actual.
  • Inestabilidad o fragilidad emocional
  • Escaso apoyo social en el entorno próximo.
  • Recursos económicos
  • Preexistencia de un déficit en las habilidades que permiten el afrontamiento de la situación, como las habilidades para la relación social, o la habilidad para resolver problemas.

El comportamiento disfuncional asociado a un hecho traumático puede asociarse a un empobrecimiento de la experiencia vital, una pérdida de autoestima, una visión negativa de uno mismo, de los demás o del futuro, depresión, aislamiento social, consumo de sustancias, etc. Todas estos sentimientos y situaciones tiende a autoperpetuarse y pueden interfiere de forma muy significativa en los planos social, familiar o laboral.

La ayuda profesional por parte de un psicólogo puede normalizar la reacción al evento vital. El psicólogo cuenta con numerosas estrategias que pueden ayudar a superar el problema de manera satisfactoria, y afrontar situaciones futuras con más herramientas para que no se vuelva a producir.

Por otra parte, la “nueva normalidad” también se asocia a problemas inesperados desde el punto de vista físico.

Las personas que han superado la enfermedad pueden sufrir secuelas físicas en diversos órganos y sistemas secundarias a la infección. Preocupan principalmente las secuelas a nivel del pulmón, por la posibilidad de desarrollar una fibrosis pulmonar tras una neumonía grave. Esta complicación, afortunadamente no muy frecuente, el tejido pulmonar se sustituye por un tejido cicatricial que dificulta la respiración. 

Además se ha descrito un riesgo incrementado de trombosis y de problemas de coagulación tras la infección, y de malnutrición tras una enfermedad prolongada. Los pacientes que ha sufrido un ingreso en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) también sufren complicaciones concretas por esta circunstancia destacando la debilidad muscular tras la inmovilidad prologada.

Otros problemas que estamos viendo con frecuencia son problemas cutáneos derivados del uso prolongado de las mascarillas o del uso frecuente de gel hidroalcohólico, el cual puede llegar a irritar la piel, especialmente si existen patologías cutáneas preexistentes.

Finalmente, el confinamiento y las limitaciones en la movilidad pueden hacer que se pierda hábitos de vida saludables como la práctica de ejercicio físico moderado de manera regular o el seguimiento de una dieta saludable, además de un incremento en el número de personas con sobrepeso, o que consumen sustancias dañinas como el tabaco o el alcohol.

En definitiva, la “nueva normalidad” puede asociarse a numerosos problemas  tanto físicos como emocionales. Profesionales como los psicólogos,  nutricionistas, entrenadores personales o médicos generales pueden ser un gran apoyo durante la pandemia.

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