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¿Tienes hambre o estás aburrido? Cómo influye el verano en nuestra forma de comer

Nutrición

En vacaciones cambian los horarios, las rutinas y también nuestra forma de relacionarnos con la comida.


Hay más comidas fuera de casa, aperitivos que se alargan, helados durante los paseos, reuniones familiares y tardes en las que abrir la nevera parece convertirse en un plan más. Muchas personas terminan el verano convencidas de que han perdido el control sobre su alimentación, cuando en realidad detrás de esos cambios suelen intervenir factores mucho más complejos que la falta de fuerza de voluntad.


El aburrimiento, el estrés, las emociones o simplemente disponer de más tiempo libre pueden influir en el momento en que comemos y en los alimentos que elegimos. Aprender a identificar esas señales permite disfrutar del verano sin culpa y mantener una relación más equilibrada con la comida.


¿Tienes hambre o estás aburrido? Cómo influye el verano en nuestra forma de comer

¿Por qué comemos diferente durante las vacaciones?


Durante el verano desaparecen muchas de las rutinas que organizan el día a día.


Los horarios laborales cambian, aumentan las comidas en grupo, aparecen celebraciones, viajes y planes improvisados. Además, el calor modifica el apetito y suele favorecer comidas más ligeras, aunque también incrementa el consumo de bebidas azucaradas, helados o picoteos frecuentes.


La alimentación deja de estar marcada por la rutina y pasa a depender, en mayor medida, del contexto y de las emociones.


Por eso es habitual comer a horas diferentes, prolongar las sobremesas o recurrir a determinados alimentos simplemente porque están disponibles o forman parte del momento social.


Hambre física y hambre emocional: aprender a diferenciarlas


Sentir ganas de comer no siempre significa que el cuerpo necesite alimento.


Los especialistas distinguen entre el hambre física, que responde a una necesidad fisiológica, y el hambre emocional, que aparece como respuesta a emociones, pensamientos o situaciones concretas.


Estas son algunas diferencias que pueden ayudar a identificarlas.


Hambre física


  • Aparece de forma gradual.
  • Se satisface con distintos alimentos.
  • Desaparece cuando el organismo se siente saciado.
  • Responde a una necesidad de energía.

Hambre emocional


  • Suele surgir de manera repentina.
  • Busca alimentos concretos, generalmente muy apetecibles.
  • Puede continuar incluso después de comer.
  • Suele aparecer asociada al aburrimiento, el estrés, la ansiedad o determinadas emociones.

Reconocer estas diferencias permite comprender mejor qué necesita el cuerpo en cada momento.


El aburrimiento también puede influir en las ganas de comer


Durante las vacaciones aparecen más momentos libres. Después de varios días con menos obligaciones, muchas personas descubren que acuden a la cocina con más frecuencia sin haber sentido un hambre clara.


El aburrimiento activa la búsqueda de estímulos, y la comida constituye uno de los más accesibles y gratificantes. Determinados alimentos ricos en azúcar o grasa estimulan los circuitos de recompensa del cerebro y producen una sensación inmediata de placer, aunque sea pasajera.


Por eso resulta tan habitual abrir la nevera varias veces durante la tarde o picar algo mientras vemos una película, navegamos por internet o descansamos en casa. Antes de comer puede ser útil hacerse una pregunta sencilla: ¿qué estoy necesitando realmente en este momento? 


A veces la respuesta será comida. Otras veces puede ser descanso, compañía, hidratación o simplemente cambiar de actividad durante unos minutos.


Las emociones también forman parte de nuestra alimentación


El aburrimiento es solo una de las emociones que pueden influir en el apetito, pero durante el verano también aparecen otros factores que modifican nuestra conducta alimentaria.


  • Celebraciones y reuniones sociales: Muchas actividades giran alrededor de la comida, lo que favorece un consumo mayor del habitual sin que exista una sensación clara de hambre.
  • Estrés antes o después de las vacaciones: Los días previos al descanso o la vuelta a la rutina pueden aumentar la ansiedad, y algunas personas encuentran en la comida una forma de aliviar momentáneamente esa tensión.
  • Cansancio: Dormir peor debido al calor o alterar los horarios también puede modificar las hormonas que regulan el apetito, aumentando la sensación de hambre durante el día.
  • Recompensa: Después de varios meses de trabajo es frecuente pensar que las vacaciones son el momento para «permitirse todo». Disfrutar de alimentos especiales forma parte del verano, aunque mantener cierto equilibrio ayuda a que el bienestar continúe cuando terminan las vacaciones.

Cómo mantener una relación equilibrada con la comida durante el verano


  • Mantener horarios relativamente estables: Aunque exista más flexibilidad, conservar cierta regularidad ayuda al organismo a reconocer mejor las señales de hambre y saciedad.
  • Hacer una pausa antes de comer: Detenerse unos segundos permite identificar si el cuerpo necesita alimento o si existe otra necesidad detrás de ese impulso.
  • Mantener una buena hidratación: La sed y el hambre pueden confundirse fácilmente, especialmente durante los días de más calor. Beber agua de forma regular y consumir frutas y verduras ricas en agua favorece una hidratación adecuada.
  • Comer con atención: Disfrutar de la comida sin pantallas o distracciones facilita reconocer cuándo aparece la saciedad y mejora la experiencia de comer.

Las vacaciones suelen ofrecer más tiempo para cocinar, descubrir alimentos de temporada o recuperar comidas compartidas con calma.


Aprovechar ese contexto puede ayudar a construir hábitos saludables que continúen después del verano, siempre desde un enfoque flexible y adaptado a cada persona.


En Savia, salud digital Mapfre, el servicio de Nutrición ofrece videoconsultas con nutricionistas colegiados que ayudan a comprender mejor la relación con la alimentación, adaptar los hábitos a cada situación personal y resolver dudas sobre cómo mantener una dieta equilibrada durante las vacaciones y el resto del año.


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Los horarios laborales cambian, aumentan las comidas en grupo, aparecen celebraciones, viajes y planes improvisados. Además, el calor modifica el apetito y suele favorecer comidas más ligeras, aunque también incrementa el consumo de bebidas azucaradas, helados o picoteos frecuentes. La alimentación deja de estar marcada por la rutina y pasa a depender, en mayor medida, del contexto y de las emociones. Por eso es habitual comer a horas diferentes, prolongar las sobremesas o recurrir a determinados alimentos simplemente porque están disponibles o forman parte del momento social. Hambre física y hambre emocional: aprender a diferenciarlas Sentir ganas de comer no siempre significa que el cuerpo necesite alimento. Los especialistas distinguen entre el hambre física , que responde a una necesidad fisiológica, y el hambre emocional , que aparece como respuesta a emociones, pensamientos o situaciones concretas. Estas son algunas diferencias que pueden ayudar a identificarlas. 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Determinados alimentos ricos en azúcar o grasa estimulan los circuitos de recompensa del cerebro y producen una sensación inmediata de placer, aunque sea pasajera. Por eso resulta tan habitual abrir la nevera varias veces durante la tarde o picar algo mientras vemos una película, navegamos por internet o descansamos en casa. Antes de comer puede ser útil hacerse una pregunta sencilla: ¿qué estoy necesitando realmente en este momento?  A veces la respuesta será comida. Otras veces puede ser descanso, compañía, hidratación o simplemente cambiar de actividad durante unos minutos. Las emociones también forman parte de nuestra alimentación El aburrimiento es solo una de las emociones que pueden influir en el apetito , pero durante el verano también aparecen otros factores que modifican nuestra conducta alimentaria. Celebraciones y reuniones sociales: Muchas actividades giran alrededor de la comida, lo que favorece un consumo mayor del habitual sin que exista una sensación clara de hambre . Estrés antes o después de las vacaciones: Los días previos al descanso o la vuelta a la rutina pueden aumentar la ansiedad, y algunas personas encuentran en la comida una forma de aliviar momentáneamente esa tensión. Cansancio: Dormir peor debido al calor o alterar los horarios también puede modificar las hormonas que regulan el apetito, aumentando la sensación de hambre durante el día. Recompensa: Después de varios meses de trabajo es frecuente pensar que las vacaciones son el momento para «permitirse todo». Disfrutar de alimentos especiales forma parte del verano, aunque mantener cierto equilibrio ayuda a que el bienestar continúe cuando terminan las vacaciones. Cómo mantener una relación equilibrada con la comida durante el verano Mantener horarios relativamente estables: Aunque exista más flexibilidad, conservar cierta regularidad ayuda al organismo a reconocer mejor las señales de hambre y saciedad. 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Qué comer en el trabajo los días de calor (y qué evitar si quieres llegar a la tarde con energía)
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Con el calor, comer bien en el trabajo se convierte en un desafío mayor del habitual. El cuerpo pide cosas ligeras, frías, que no generen pesadez. Pero muchas veces lo que se acaba eligiendo es un sándwich rápido, un snack del cajón o directamente saltarse la comida porque el calor quita el apetito. El resultado: una tarde de “bajón”, dificultad para concentrarse y ganas de que el día termine cuanto antes. La alimentación en verano tiene un impacto directo en el rendimiento. Una deshidratación leve ya es suficiente para reducir la concentración y aumentar la fatiga. Y una comida demasiado pesada al mediodía puede hacer que la segunda parte de la jornada sea prácticamente improductiva. Por qué el calor cambia la alimentación en verano Cuando hace calor, el cuerpo trabaja más para regular su temperatura. Eso consume energía, genera más sudoración y aumenta las necesidades de hidratación. Al mismo tiempo, el apetito disminuye porque el organismo evita generar el calor extra que produce la digestión de comidas pesadas. De ahí que en verano apetezcan menos los guisos y más las ensaladas. El cuerpo pide alimentos con alto contenido en agua, fáciles de digerir y que no generen una sobrecarga calórica innecesaria. El problema es que muchas veces la comodidad gana a la nutrición. Y lo que parece una solución rápida (un bocadillo de embutido, una bolsa de frutos secos salados, un refresco) no es lo que el cuerpo necesita en esas condiciones. Lo que sí funciona: qué comer en el trabajo cuando hace calor Ensaladas completas, no solo de lechuga. Una ensalada con legumbres (garbanzos, lentejas, alubias), proteína (pollo, huevo, atún, queso fresco) y carbohidratos integrales (quinoa, arroz, cuscús) es un plato completo que no genera pesadez y aporta energía sostenida durante horas. El secreto está en llevar el aliño aparte para que no se ablande todo. Gazpacho y sopas frías. Son hidratantes, nutritivas y muy fáciles de llevar en un tarro hermético. El gazpacho es uno de los platos más completos del verano: aporta agua, vitaminas, fibra y antioxidantes. Proteínas frías. Pollo cocido, pavo, huevo duro, sardinas en aceite de oliva, bonito. Sacian sin generar la digestión pesada que sí produce la carne roja o los platos con mucha grasa. Son fáciles de preparar la noche anterior y aguantan bien en una bolsa isotérmica. Frutas de temporada. Sandía, melón, melocotón, nectarina, uvas. Son alimentos con alto contenido en agua y aportan azúcares naturales que dan energía sin los picos y bajones que producen los ultraprocesados. Un trozo de fruta a media mañana es infinitamente mejor que una barrita energética. Cereales integrales. Pan integral, arroz integral, quinoa, avena. Aportan energía de liberación lenta, lo que evita los bajones de glucosa que se notan especialmente en la tarde. Mucho mejor que el pan blanco o los snacks dulces. Qué comidas evitar en el trabajo cuando hace calor Comidas muy grasas o con mucho frito. El cuerpo tarda más en digerirlas y genera más calor interno durante el proceso. El resultado es sensación de pesadez, somnolencia y menor rendimiento en la segunda mitad del día. Bebidas azucaradas y energéticas. Dan una subida rápida de energía seguida de un bajón igualmente rápido. En verano, además, no hidratan eficazmente. El agua sigue siendo la mejor opción para mantener la concentración. Alcohol en el almuerzo. Aunque en verano hay más ocasiones sociales, el alcohol deshidrata y aumenta la somnolencia. Una cerveza en un almuerzo puede traducirse en una tarde muy poco productiva. Snacks ultraprocesados. Bolsas de patatas, galletas saladas, frutos secos con sal en exceso. Son fáciles y tentadores, pero no hidratan, generan más sed y no aportan la energía sostenida que el cuerpo necesita. La hidratación en los días de calor Muchas personas llegan al final de la mañana con dolor de cabeza sin relacionarlo con el hecho de que llevan horas sin beber agua o hidratarse lo suficiente. La deshidratación leve ya reduce de por sí la capacidad de concentración y aumenta la sensación de fatiga. En el trabajo, esto se traduce en más errores, menos agilidad mental y peor humor. La recomendación es no esperar a tener sed para beber. Tener siempre agua a mano en el puesto de trabajo, beber pequeñas cantidades de forma frecuente a lo largo del día y complementar la hidratación con alimentos ricos en agua (frutas, ensaladas, gazpacho) marca una diferencia real en cómo se llega a la tarde. En Savia, salud digital Mapfre, ponemos a disposición de las empresas nuestro servicio de Nutrición con profesionales especializados. A través de videoconsultas personalizadas, tu equipo puede recibir pautas concretas adaptadas a su situación: qué llevar al trabajo, cómo organizar las comidas en verano, cómo mantener la energía sin depender de la cafeína o el azúcar.
Cómo influye la alimentación en la toma de decisiones y el rendimiento mental
Cómo influye la alimentación en la toma de decisiones y el rendimiento mental
13:30 de la tarde. Tienes una reunión clave para cerrar un proyecto y, aunque notas un ligero vacío en el estómago, decides seguir adelante. Sin embargo, te sientes más impaciente, las ideas no fluyen con la claridad de la mañana y, ante la primera duda, tomas la opción más rápida, aunque no sea la mejor. Es una respuesta biológica: tu cerebro acaba de entrar en «modo supervivencia» porque te has quedado sin el combustible necesario para decidir con criterio. A menudo pensamos en la alimentación como algo relacionado exclusivamente con el peso o la salud física, pero la realidad es que la nutrición es el motor invisible de nuestra productividad laboral .  Aunque el cerebro solo representa el 2% de nuestro peso corporal, consume aproximadamente el 20% de nuestra energía total. Cuando esos niveles de energía bajan, la primera función que se desconecta no es la de respirar o caminar, sino la más compleja de todas: la capacidad de tomar decisiones estratégicas . Qué ocurre en el cerebro cuando tienes hambre Para entender por qué perdemos la lucidez, hay que mirar a la corteza prefrontal, la zona encargada de la lógica, el autocontrol y la planificación. Esta parte del cerebro depende casi exclusivamente de un flujo constante de glucosa. Cuando pasamos demasiadas horas sin ingerir los nutrientes adecuados, el cerebro interpreta esta carencia como una amenaza. En ese momento, el control pasa de la zona racional a la zona más primitiva y emocional. Es un mecanismo de ahorro: el cerebro deja de invertir energía en analizar escenarios complejos y prefiere respuestas rápidas y automáticas. Por eso, la alimentación y concentración están tan íntimamente ligadas; sin el soporte nutricional correcto, nuestra capacidad de procesamiento se reduce a lo básico, limitando nuestra visión estratégica justo cuando más la necesitamos. Cómo afecta la alimentación a la toma de decisiones La ciencia ha demostrado que la calidad de nuestro juicio fluctúa según nuestros niveles de glucosa en sangre, un fenómeno que los investigadores llaman «agotamiento del ego» o fatiga decisional. No es una coincidencia que las peores decisiones estratégicas suelan tomarse justo antes del almuerzo o al final de una jornada intensa sin pausas para comer. El sesgo del hambre: el caso de los tribunales Uno de los estudios más reveladores en este campo analizó más de 1.100 decisiones judiciales durante diez meses. Los investigadores descubrieron que la probabilidad de que un juez concediera libertad condicional rondaba el 65% al comienzo de la jornada o tras una pausa para comer, y disminuía progresivamente hasta casi 0% hacia el final de la sesión Este «sesgo del hambre» demuestra que, ante la falta de energía, el cerebro opta por la decisión más conservadora, punitiva o sencilla para evitar el esfuerzo mental que requiere analizar un caso complejo. La trampa de la impulsividad y el corto plazo Cuando el cerebro detecta que el combustible escasea, se activa un mecanismo de supervivencia en la amígdala que nubla la corteza prefrontal. Esto tiene tres efectos directos en el entorno laboral: Preferencia por lo inmediato : Bajo los efectos del hambre, tendemos a elegir recompensas pequeñas ahora en lugar de beneficios mayores a largo plazo. En una negociación, esto puede llevar a cerrar acuerdos desfavorables solo por terminar la reunión. Menor tolerancia a la frustración : La falta de nutrientes reduce nuestra capacidad de regular emociones. Un correo electrónico que en otro momento ignorarías, se convierte en un conflicto cuando tu cerebro está en «modo alerta» por hambre. Incapacidad para filtrar información : Un cerebro bien nutrido puede distinguir lo relevante de lo accesorio. Con baja energía, perdemos esa capacidad de síntesis, lo que nos lleva a tomar decisiones basadas en datos irrelevantes. El impacto de la inflamación y el azúcar Las dietas altas en azúcares refinados provocan picos de insulina seguidos de «caídas libres» de glucosa. En esos valles, el cerebro experimenta niebla mental, aumentando la probabilidad de cometer errores de cálculo o de interpretación de datos. Por el contrario, una alimentación rica en antioxidantes y grasas saludables protege las conexiones neuronales, permitiendo que la comunicación entre áreas del cerebro sea más rápida y eficiente. Señales de que estás tomando decisiones con baja energía Solemos creer que la “niebla mental” se manifiesta como un rugido en el estómago, pero en realidad se presenta como sutiles cambios en nuestro comportamiento cognitivo. Identificar estas banderas rojas es crucial para posponer una decisión importante antes de cometer un error: Parálisis por análisis o postergación : Te descubres releyendo el mismo párrafo cuatro veces o posponiendo una respuesta sencilla porque el esfuerzo de procesar la información te resulta abrumador. Irritabilidad y pérdida de empatía : La falta de glucosa afecta la capacidad de la corteza prefrontal para regular las emociones. Si notas que tu paciencia con el equipo ha desaparecido de repente, es probable que tu cerebro esté en «modo ahorro». Preferencia por el «statu quo» : Ante una elección estratégica, tiendes a elegir la opción que no requiere cambios o el camino de menor resistencia, simplemente porque analizar una alternativa innovadora consume demasiada energía. Impulsividad inusual : Aceptar condiciones en una negociación solo por terminar la reunión o tomar decisiones basadas en el «instinto» (que en realidad es fatiga) en lugar de en los datos disponibles. Qué comer para mantener la claridad mental durante el trabajo El objetivo no es «comer mucho», sino mantener una curva de glucosa estable. Los picos y caídas de azúcar son los enemigos número uno de la concentración . Aquí la nutrición se convierte en una herramienta de precisión: Carbohidratos de absorción lenta : Alimentos como la avena, el centeno o las legumbres liberan energía de forma sostenida, evitando el famoso «bajón» de media mañana. Grasas saludables (Omega-3) : El cerebro es, en gran parte, grasa. Las nueces, el aguacate y el pescado azul son fundamentales para mantener la integridad de las membranas neuronales y la velocidad de transmisión de datos entre neuronas. Proteína de calidad : Aportan aminoácidos como la tirosina, precursora de la dopamina, que mantiene la motivación y el enfoque en objetivos a largo plazo. Hidratación estratégica : La deshidratación leve, a partir de aproximadamente un 2% de pérdida de masa corporal, puede afectar la memoria a corto plazo, la atención y la velocidad de procesamiento . El agua es el conductor de todos los procesos químicos del cerebro. Cómo influye la nutrición en el entorno laboral Cuando un profesional optimiza su nutrición , el beneficio se desborda hacia el resto de la organización. Reducción del presentismo y el absentismo : Equipos bien nutridos tienen sistemas inmunitarios más fuertes y una mayor resiliencia al estrés, lo que reduce las bajas y los días de baja productividad. Mejora del clima laboral : Menos fatiga decisional significa líderes más estables emocionalmente, comunicaciones más asertivas y menos conflictos derivados de la irritabilidad por hambre (el famoso fenómeno hanger). Cultura de alto rendimiento sostenible : Fomentar una buena alimentación desde la empresa (comedor saludable, pausas reales) envía un mensaje de que el valor del empleado reside en su capacidad cognitiva y no solo en sus horas de silla. Aun así, no siempre es fácil mantener hábitos constantes, especialmente en entornos exigentes o con horarios variables. En Savia, salud digital Mapfre, el servicio de nutrición está pensado para acompañar este proceso de forma práctica y adaptada a cada persona. A través de videoconsultas y seguimiento profesional, es posible organizar la alimentación de forma que se ajuste al ritmo real del día a día, favoreciendo una energía más estable y una mejor capacidad de decisión. Infórmate sin compromiso.

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