En vacaciones cambian los horarios, las rutinas y también nuestra forma de relacionarnos con la comida.
Hay más comidas fuera de casa, aperitivos que se alargan, helados durante los paseos, reuniones familiares y tardes en las que abrir la nevera parece convertirse en un plan más. Muchas personas terminan el verano convencidas de que han perdido el control sobre su alimentación, cuando en realidad detrás de esos cambios suelen intervenir factores mucho más complejos que la falta de fuerza de voluntad.
El aburrimiento, el estrés, las emociones o simplemente disponer de más tiempo libre pueden influir en el momento en que comemos y en los alimentos que elegimos. Aprender a identificar esas señales permite disfrutar del verano sin culpa y mantener una relación más equilibrada con la comida.
Durante el verano desaparecen muchas de las rutinas que organizan el día a día.
Los horarios laborales cambian, aumentan las comidas en grupo, aparecen celebraciones, viajes y planes improvisados. Además, el calor modifica el apetito y suele favorecer comidas más ligeras, aunque también incrementa el consumo de bebidas azucaradas, helados o picoteos frecuentes.
La alimentación deja de estar marcada por la rutina y pasa a depender, en mayor medida, del contexto y de las emociones.
Por eso es habitual comer a horas diferentes, prolongar las sobremesas o recurrir a determinados alimentos simplemente porque están disponibles o forman parte del momento social.
Sentir ganas de comer no siempre significa que el cuerpo necesite alimento.
Los especialistas distinguen entre el hambre física, que responde a una necesidad fisiológica, y el hambre emocional, que aparece como respuesta a emociones, pensamientos o situaciones concretas.
Estas son algunas diferencias que pueden ayudar a identificarlas.
Hambre física
Hambre emocional
Reconocer estas diferencias permite comprender mejor qué necesita el cuerpo en cada momento.
Durante las vacaciones aparecen más momentos libres. Después de varios días con menos obligaciones, muchas personas descubren que acuden a la cocina con más frecuencia sin haber sentido un hambre clara.
El aburrimiento activa la búsqueda de estímulos, y la comida constituye uno de los más accesibles y gratificantes. Determinados alimentos ricos en azúcar o grasa estimulan los circuitos de recompensa del cerebro y producen una sensación inmediata de placer, aunque sea pasajera.
Por eso resulta tan habitual abrir la nevera varias veces durante la tarde o picar algo mientras vemos una película, navegamos por internet o descansamos en casa. Antes de comer puede ser útil hacerse una pregunta sencilla: ¿qué estoy necesitando realmente en este momento?
A veces la respuesta será comida. Otras veces puede ser descanso, compañía, hidratación o simplemente cambiar de actividad durante unos minutos.
El aburrimiento es solo una de las emociones que pueden influir en el apetito, pero durante el verano también aparecen otros factores que modifican nuestra conducta alimentaria.
Las vacaciones suelen ofrecer más tiempo para cocinar, descubrir alimentos de temporada o recuperar comidas compartidas con calma.
Aprovechar ese contexto puede ayudar a construir hábitos saludables que continúen después del verano, siempre desde un enfoque flexible y adaptado a cada persona.
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