Entra a las reuniones a tiempo. Responde correos con rapidez. Cumple estrictamente con su horario y, a veces, es el último en apagar la luz de la oficina. Sin embargo, algo no está funcionando. A pesar de su presencia física, su rendimiento ha caído, comete errores inusuales y su capacidad de innovación parece haberse evaporado. Esta persona no ha faltado a su trabajo, pero emocional y cognitivamente, no está allí.
Este fenómeno es lo que conocemos como presentismo laboral. Una situación en la que el empleado acude a su puesto pero no puede rendir debido a problemas de salud física, estrés, agotamiento o malestar emocional. Es, en esencia, «estar físicamente, pero con la mente en otro lugar».
El presentismo laboral describe una situación cada vez más común: personas que están físicamente en su puesto de trabajo, pero que no pueden rendir al nivel habitual.
Puede estar relacionado con distintos factores:
A diferencia de otras situaciones más visibles, aquí no hay una ausencia clara. El trabajo se sigue haciendo, pero con más esfuerzo, más errores o menor capacidad de respuesta.
Y eso lo convierte en un fenómeno difícil de detectar.
A menudo se piensa en el presentismo y el absentismo como opuestos, pero en realidad son dos caras de la misma moneda: la salud del empleado. Mientras que el absentismo es evidente porque el puesto está vacío, el presentismo es el «coste oculto» de las organizaciones.
La relación es estrecha: Gallup estima que los trabajadores con salud mental regular o mala presentan casi cuatro veces más ausencias imprevistas que aquellos con buena salud emocional. El presentismo suele ser la fase previa al absentismo; es el intento del trabajador por «aguantar» antes de que el cuerpo o la mente digan basta. Si el absentismo es la punta del iceberg, el presentismo es la base invisible que realmente puede hundir la productividad de una compañía.
A diferencia de otras métricas de Recursos Humanos, el presentismo es extremadamente difícil de medir porque la persona cumple con la norma social de «ir a trabajar». En muchas culturas corporativas, se premia la presencialidad por encima de los resultados, lo que camufla el problema. Así que un empleado puede estar sufriendo de fatiga crónica o ansiedad, pero mientras siga sentado en su silla, el sistema lo contabiliza como «activo».
Esta invisibilidad lo vuelve peligroso. Cuando alguien falta, el equipo se reorganiza; cuando alguien está presente pero rinde al 50% por malestar emocional, la calidad del trabajo cae, los procesos se ralentizan y el clima laboral se desgasta sin que la dirección identifique la causa raíz.
El impacto económico es masivo, superando en ocasiones el coste de las propias ausencias.
A nivel global, el panorama es preocupante: Gallup reportó en su State of the Global Workplace 2026 que solo el 20% de los empleados se sintió comprometido en 2025, lo que supone un coste estimado de 10 billones de dólares en productividad perdida para la economía mundial. En el día a día de una empresa, esto se traduce en:
Para solucionar el problema, primero debemos entender qué empuja a un profesional a «calentar la silla» sin poder producir:
El cambio debe ser cultural y estratégico. Pero hay que crear las condiciones para que así sea:
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