Llega el verano y con él una sensación muy habitual: “estas vacaciones voy a comer fatal”. Restaurantes, chiringuitos, cenas largas, copas de más, horarios sin estructura y la nevera vacía porque nadie está en casa para hacer la compra. La conclusión que muchas personas sacan antes de que empiece julio es que el verano y la alimentación saludable son incompatibles.
La realidad es bastante diferente. Una alimentación saludable no depende de una comida concreta, sino del conjunto de hábitos que mantenemos a lo largo de los días. Saber elegir, disfrutar sin culpa y recuperar el equilibrio cuando hace falta permite cuidar la salud sin renunciar a la gastronomía propia del verano.
El verano altera casi todos los factores que sostienen los hábitos alimentarios del resto del año. Desaparecen los horarios fijos, la cocina en casa se reduce, las ocasiones sociales alrededor de la comida se multiplican y el calor cambia lo que el cuerpo pide.
A eso se suma algo menos evidente pero igual de relevante: la relajación psicológica que acompañan las vacaciones afecta también a las decisiones sobre lo que se come. Sin la estructura habitual, es más fácil picar entre horas, posponer el almuerzo hasta las cuatro de la tarde o cenar más tarde y más abundante de lo habitual.
Nada de eso es un problema por sí solo. El problema aparece cuando ese patrón se convierte en la norma durante varias semanas seguidas, o cuando la respuesta a dos semanas de comer fuera es una dieta restrictiva en septiembre que tampoco se sostiene. Ahí sí se genera un ciclo que no beneficia a nadie.
Durante mucho tiempo se ha asociado comer fuera de casa con una alimentación poco saludable. Sin embargo, cada vez es más fácil encontrar restaurantes que ofrecen opciones variadas y equilibradas. Además, muchos platos tradicionales de la cocina mediterránea encajan perfectamente dentro de un patrón de alimentación saludable.
Elegir pescado a la plancha, ensaladas completas, verduras, legumbres o arroces acompañados de alimentos frescos permite disfrutar de la comida sin que ello suponga un desequilibrio importante en la dieta.
El objetivo tampoco consiste en controlar cada elección. Compartir un postre, disfrutar de una comida especial o probar la gastronomía local forma parte de la experiencia de viajar y convivir con otras personas.
La clave está en el equilibrio a lo largo de toda la semana. Si el martes hubo una cena larga con más vino y más postre de lo habitual, el miércoles puede volver a un ritmo más ligero sin que el martes haya “arruinado” nada. Ese cambio de perspectiva (de la culpa por comida al equilibrio por semana) es uno de los ajustes más útiles que propone la evidencia en nutrición para mejorar la adherencia a largo plazo.
Algunos pequeños gestos ayudan a mantener hábitos saludables durante las vacaciones.
Priorizar platos con verduras
Las verduras aportan fibra, vitaminas, minerales y una gran cantidad de agua, especialmente útil durante los meses más calurosos.
Ensaladas completas, verduras a la plancha, gazpacho o salmorejo son opciones que ayudan a empezar la comida de forma ligera y saciante.
Elegir proteínas de calidad
Pescados, mariscos, pollo, pavo, huevos o legumbres favorecen una mayor sensación de saciedad y suelen resultar más fáciles de digerir cuando hace calor.
España cuenta además con una amplia oferta de pescados y mariscos frescos durante el verano, una excelente oportunidad para incorporarlos con mayor frecuencia.
Dar protagonismo a la cocina mediterránea
La dieta mediterránea continúa siendo uno de los patrones alimentarios con mayor respaldo científico para la prevención de enfermedades cardiovasculares y metabólicas.
Aceite de oliva virgen extra, frutas, verduras, legumbres, pescado y frutos secos forman parte de este modelo de alimentación que resulta especialmente fácil de seguir durante el verano.
Elegir bebidas que favorezcan la hidratación
El agua es la mejor bebida para mantener una hidratación adecuada.
Aunque refrescos y bebidas alcohólicas suelen estar más presentes durante las vacaciones, conviene recordar que el alcohol favorece la deshidratación y puede aumentar la sensación de cansancio cuando las temperaturas son elevadas.
Al final de las vacaciones, muchas personas sienten que han comido peor de lo que querían y la respuesta habitual es una dieta estricta en septiembre. Esa respuesta rara vez funciona y casi siempre genera más oscilaciones que las que habría producido no hacer nada.
Recuperar el equilibrio después de un periodo de vacaciones es mucho más sencillo de lo que parece si se aborda con gradualidad. Volver a cocinar en casa con más frecuencia, recuperar los horarios habituales, incorporar más verdura y fruta en el día a día y reducir el alcohol son los cuatro movimientos que más impacto tienen, y ninguno requiere restricción ni esfuerzo extremo.
Lo que la evidencia en nutrición muestra de forma consistente es que los cambios sostenibles se construyen sobre hábitos que se pueden mantener en el tiempo, no sobre planes que requieren fuerza de voluntad constante. La alimentación saludable tiene que caber también en el verano, en los restaurantes y en las celebraciones. Si el modelo que seguimos solo funciona cuando todo está bajo control, no es un modelo que vaya a durar.
El verano también puede ser una oportunidad para mejorar hábitos
El tiempo libre de las vacaciones tiene algo valioso que el resto del año no siempre permite: más espacio para prestar atención a cómo uno come, para explorar mercados locales y productos de temporada, para cocinar sin prisa cuando se tiene ganas, para descubrir que comer bien y disfrutar de la mesa no son objetivos contradictorios.
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