Son las 12:30 y todavía quedan un par de horas para comer. Aparece el hambre, abrimos el cajón de la oficina o nos acercamos a la máquina de vending y elegimos lo primero que encontramos. A media tarde, la escena puede repetirse.
El picoteo durante la jornada laboral muchas veces tiene más relación con la improvisación que con la falta de voluntad. Llegar con demasiada hambre a determinados momentos del día, elegir alimentos que sacian durante poco tiempo o pasar muchas horas entre comidas puede hacer que terminemos comiendo más de lo que realmente necesitamos.
Por eso, tener a mano alimentos saciantes puede ser una estrategia sencilla para gestionar mejor el apetito en el trabajo. Proteínas, fibra, agua y una adecuada densidad nutricional son algunos de los factores que influyen en cuánto tiempo nos sentimos satisfechos después de comer.
La saciedad es la sensación que aparece después de comer y que permite mantener el hambre a raya durante un tiempo.
La composición de los alimentos influye mucho en ella. Las proteínas, por ejemplo, suelen producir una respuesta de saciedad elevada. La fibra también ayuda porque ralentiza la digestión y aumenta el volumen de la comida. Los alimentos ricos en agua, como frutas y verduras, permiten aumentar ese volumen con una densidad energética generalmente menor.
También importa cómo combinamos los alimentos.
Una manzana puede funcionar como tentempié. Si la acompañamos con un yogur natural o un pequeño puñado de frutos secos, incorporamos proteínas o grasas que pueden prolongar la sensación de saciedad.
Por eso, más que buscar un ingrediente capaz de «quitar el hambre«, resulta útil aprender a construir combinaciones que nos permitan llegar cómodamente hasta la siguiente comida.
Preparar un tentempié antes de salir de casa evita depender cada día de lo que encontremos en la oficina. Estas son algunas opciones fáciles de transportar:
Los alimentos ultraprocesados, los snacks azucarados y los productos con harinas refinadas producen el efecto contrario al que prometen: una subida rápida de glucosa seguida de una bajada que genera más hambre y menos concentración. Son los que más se consumen en el entorno laboral y los que menos sirven para sostener el rendimiento durante la tarde.
La diferencia no está en comer más o menos, sino en qué se come. Un puñado de almendras y una manzana a media mañana mantienen el hambre a raya hasta el almuerzo. Una bolsa de patatas fritas, aunque tenga más calorías, te puede dejar con hambre en menos de una hora.
Sentir hambre entre comidas forma parte de las señales normales del organismo. Sin embargo, cuando ocurre continuamente o sentimos que necesitamos picar durante toda la jornada, puede ser interesante –y hasta necesario– revisar el conjunto de nuestra alimentación.
Un desayuno poco completo, comidas con escasa cantidad de proteínas o fibra, horarios demasiado separados, descanso insuficiente e incluso determinadas rutinas laborales pueden influir en cómo percibimos el apetito.
Un dietista-nutricionista puede valorar esos factores y ayudar a organizar las comidas según los horarios, necesidades energéticas, preferencias y objetivos de cada persona.
En Savia, salud digital Mapfre, el servicio de Nutrición permite recibir asesoramiento profesional y personalizado para construir una alimentación equilibrada que encaje con la rutina laboral y con las necesidades individuales. La solución al picoteo de oficina puede empezar mucho antes de abrir el cajón de los snacks: en cómo organizamos lo que comemos durante todo el día.