Trabajar mucho puede tener explicaciones muy diferentes. Hay semanas especialmente exigentes, proyectos que requieren más dedicación y personas que disfrutan profundamente de su profesión. La señal que merece atención aparece cuando desconectar se vuelve difícil incluso cuando existe la posibilidad de hacerlo.
Pensar constantemente en las tareas pendientes, sentir culpa durante el descanso, prolongar la jornada de manera recurrente o relegar otras áreas de la vida para seguir trabajando pueden indicar que la relación con el trabajo está generando malestar.
El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha impulsada por la Organización Mundial de la Salud para aumentar la concienciación sobre la salud mental y movilizar esfuerzos para mejorar su atención.
También es una oportunidad para observar cómo nos relacionamos con una actividad que ocupa una parte importante de nuestra vida: el trabajo.
La adicción al trabajo, también conocida como workaholism, se ha estudiado como un patrón caracterizado por una dedicación excesiva y compulsiva al trabajo que puede interferir con otras áreas de la vida.
Una revisión científica sobre el concepto señala elementos como la preocupación constante por el trabajo, la dificultad para controlar cuánto se trabaja y las consecuencias negativas que esta dinámica puede producir en el bienestar, las relaciones y la salud.
Aquí está una de las diferencias importantes entre trabajar muchas horas y desarrollar una relación problemática con el trabajo: las horas cuentan, pero también importa qué impulsa a la persona a seguir trabajando y qué ocurre cuando intenta parar.
Alguien puede atravesar temporalmente un periodo de mucha carga laboral y conservar su capacidad para desconectar después. En la adicción al trabajo, esa desconexión puede resultar mucho más difícil.
Una herramienta utilizada en investigación para evaluar el riesgo de adicción al trabajo es la Bergen Work Addiction Scale (BWAS). Esta escala analiza componentes relacionados con las adicciones aplicados al ámbito laboral, entre ellos la relevancia que adquiere el trabajo en los pensamientos y comportamientos, la modificación del estado de ánimo, la necesidad de dedicar cada vez más tiempo, el malestar al dejar de trabajar, los conflictos con otras áreas de la vida y la dificultad para reducir la conducta.
En el día a día, algunas señales que pueden merecer atención son:
Estas señales sirven para observar patrones, no para realizar un autodiagnóstico. La valoración de un profesional de la salud mental permite analizar el contexto de cada persona.
Resulta difícil encontrar una única explicación. La investigación describe la adicción al trabajo como un fenómeno multifactorial, en el que pueden intervenir características individuales y factores relacionados con el entorno laboral y la cultura de la organización.
En algunas personas pueden influir el perfeccionismo, la necesidad de reconocimiento, determinadas características de personalidad o el uso del trabajo como forma de gestionar emociones desagradables. También importa el contexto.
Una cultura que premia sistemáticamente las jornadas interminables, espera disponibilidad constante o convierte el exceso de trabajo en una demostración de compromiso puede favorecer comportamientos poco saludables. Precisamente por esta combinación de factores, una revisión sistemática sobre prevención señala que las organizaciones también tienen un papel en la creación de culturas laborales protectoras.
Por tanto, observar la adicción al trabajo únicamente como un problema de organización personal puede dejar fuera una parte importante de la situación.
Las consecuencias afectan a todas las áreas de la vida de la persona y, con el tiempo, también al equipo que trabaja a su alrededor.
A nivel físico, el agotamiento crónico, los trastornos del sueño, los dolores de cabeza y las alteraciones digestivas son los síntomas más frecuentes. El cuerpo sostiene durante meses una activación constante que termina pasando factura.
A nivel psicológico, la ansiedad y la depresión son las consecuencias más documentadas. La persona puede sentirse atrapada en un ciclo del que no sabe cómo salir: parar le genera malestar, continuar también, pero al menos el segundo tipo de malestar le resulta familiar.
A nivel relacional, las relaciones personales y familiares se deterioran de forma progresiva. El trabajo ocupa el espacio que debería tener el descanso, el ocio y la conexión con otras personas, y esa erosión suele ser lenta e invisible hasta que ya ha generado un daño considerable.
Para las organizaciones, aunque el perfil del adicto al trabajo puede parecer deseable a corto plazo, a medio y largo plazo genera equipos desequilibrados, líderes que no delegan, culturas donde nadie se atreve a poner límites y un riesgo elevado de burnout colectivo.
El primer obstáculo en el tratamiento es el reconocimiento. La mayoría de las personas con workaholism no lo identifican como un problema porque el entorno, durante mucho tiempo, lo ha reforzado como una virtud. Muchas veces es el contexto familiar o social el que detecta el problema antes que la propia persona.
Una vez que hay conciencia del problema, el abordaje más efectivo combina varios elementos:
Psicoterapia. El trabajo con un psicólogo especializado permite identificar las creencias y los patrones emocionales que sostienen la adicción, desarrollar estrategias de regulación emocional que no dependan del trabajo y reconstruir una identidad que no esté basada únicamente en la productividad. La terapia cognitivo-conductual tiene evidencia sólida en este tipo de adicciones conductuales.
Establecer límites concretos. No como propósito abstracto, sino como cambio de comportamiento específico y verificable: horario de fin de jornada, desactivación de notificaciones fuera del horario, tiempo protegido para otras actividades. Los límites generales que no se traducen en acciones concretas suelen durar poco.
Recuperar actividades no laborales. Relaciones, ocio, movimiento, descanso real, como parte de una vida equilibrada que tiene valor por sí misma.
Apoyo organizacional. Cuando la cultura de la empresa es parte del problema, el cambio individual tiene un límite. Las organizaciones que quieren prevenir el workaholism necesitan revisar sus dinámicas internas: cómo se comunica fuera del horario, cómo se percibe a quien pone límites, cómo se reconoce el rendimiento.
Sentirse comprometido con la profesión puede ser una fuente de satisfacción. El problema aparece cuando resulta cada vez más difícil elegir cuándo parar y el trabajo comienza a desplazar de forma sostenida el descanso, las relaciones o el bienestar.
Si desconectar genera ansiedad o culpa, los pensamientos sobre el trabajo ocupan gran parte del tiempo libre o esta dinámica ya está afectando a otras áreas de tu vida, hablar con un profesional puede ayudarte a comprender qué está ocurriendo.
En Savia salud digital Mapfre, el servicio de Psicología conecta a los empleados con profesionales especializados en bienestar emocional y salud mental laboral. A través de videoconsultas personalizadas, es posible trabajar los patrones que sostienen la adicción al trabajo, desarrollar herramientas de regulación y recuperar el equilibrio entre la vida profesional y personal.