El bocio es un aumento de la glándula tiroidea que puede aparecer en el contexto de distintas alteraciones del tiroides, que es la glándula situada en la parte anterior e inferior del cuello, que produce distintas hormonas, encargadas de regular diversos procesos del metabolismo del cuerpo. El bocio llamado simple endémico, según la Organización Mundial de la Salud, se da en un 13% de la población mundial. El bocio nodular o multinodular es también un hallazgo frecuente, apareciendo en el 4-7% de la población adulta, siendo más frecuente en la mujer. Salvo que en el origen de la producción de bocio se sospeche de la existencia de un tumor, o haya alteraciones importantes de la función hormonal del tiroides o por compresión de estructuras adyacentes, el bocio no es una patología grave, ni precisa de una atención urgente.
Existen dos formas de clasificación del bocio:
La causa conocida de bocio simple difuso más frecuente es el déficit de yodo en el cuerpo, debido a que el yodo es fundamental para la producción de las hormonas tiroideas y cuando en el organismo no hay yodo suficiente, la glándula crece para captar más yodo. Puede aparecer también por alteración en la formación de hormonas tiroideas o la ingesta de sustancias bociógenas (repollo, coliflor, nabo, etc).
La causa más importante de bocio multinodular no tóxico es el bocio simple, que con el tiempo, produce nódulos múltiples y que, incluso, puede acabar en bocio multinodular tóxico (con mal funcionamiento de la glándula tiroides y aparición de hipertiroidismo).
Otras causas de bocio son alteraciones inflamatorias (tiroiditis), como enfermedades autoinmunes (el propio sistema de defensa del organismo actúa contra el tejido tiroideo), procesos infecciosos, y alteraciones congénitas (quistes tiroglosos, tumoraciones malignas y benignas…etc.)
El bocio simple produce síntomas dependiendo del tamaño que presente. El paciente nota un aumento del tamaño en la región anterior del cuello. Así, se puede producir compresión de órganos adyacentes, desencadenando síntomas como sensación de falta de aire (disnea), dificultad para tragar (disfagia), sensación de opresión en el cuello, y en casos excepcionales, ronquera. En bocios de gran tamaño, puede aparecer el llamado signo de Pemberton, que consiste en la aparición de congestión facial y coloración azulada de la piel (cianosis), dificultad respiratoria e incluso mareo y síncope (pérdida de conocimiento), cuando se elevan los brazos, producido por la compresión que ejerce el bocio sobre los vasos sanguíneos cervicales.
En el bocio nodular o multinodular, el principal motivo de consulta por el paciente es la propia palpación en su cuello de un nódulo. Pueden aparecer también síntomas producidos por compresión, como alteración de la voz (disfonía), dificultad para tragar… etc. Se debe sospechar de la derivación del o de los nódulos a una tumoración maligna cuando su crecimiento sea rápido, la consistencia dura cuando se palpa, cuando no son móviles y están fijados al resto de tejidos o si se detectan otros “bultos” en cuello que pueden corresponder a ganglios linfáticos (estaciones del sistema de defensa del organismo), aumentados de tamaño de forma anormal por el proceso tumoral.
Si el paciente presenta síntomas de compresión importantes se realiza una cirugía para la extracción de parte del tiroides, conocida como tiroidectomía subtotal.
Si no existe clínica de compresión, en principio no se realiza tratamiento y se somete al paciente a observación y realización periódica de ecografías de tiroides, recomendando aumentar la ingesta de yodo en la dieta.
Cuando se establece que es preciso por el aumento del tamaño del tiroides, se puede realizar un tratamiento con la administración de yodo radioactivo (I-131), una terapia de medicina nuclear en la que se traga una pequeña dosis de yodo I-131 radiactivo (un isótopo del yodo que emite radiación), que es absorbido hacia el torrente sanguíneo, concentrándose en el tiroides, donde comienza a destruir las células de la glándula. En estos pacientes se deben hacer controles periódicos de hormonas tiroideas mediante análisis de sangre, ya que, al destruir el tejido tiroideo, se corre el riesgo de que se disminuya su función y formación las hormonas, produciendo un hipotiroidismo.
Otra alternativa es la administración de levotiroxina (una de las hormonas que produce el tiroides), en dosis que disminuyan la función del tiroides (ya que al detectar el organismo que hay suficiente hormona tiroidea, manda la orden desde una región cerebral llamada hipotálamo, para que el tiroides deje de formar la hormonas). Se hace una control del tamaño tiroideo a los 3-6 meses para ver la efectividad en la disminución del tamaño del tiroides.
Se realiza una analítica de sangre para determinar los niveles de TSH (hormona tiroestimulante), con la cual se puede evaluar la función del tiroides y la producción de sus hormonas. Además, se determina en la analítica sanguínea la presencia de anticuerpos antitiroideos (moléculas producidas por el sistema de defensa del organismo que “atacan” de forma errónea al tiroides en las patologías de origen autoinmune).
También se procede a realizar una ecografía cervical para valorar el tamaño del tiroides y detectar la presencia de nódulos. En ocasiones, puede ser precisa la realización de una radiografía de tórax para descartar el crecimiento del bocio hacia el interior de la cavidad torácica o la compresión de la tráquea (tubo del sistema respiratorio que conecta la laringe con los bronquios).
Otras pruebas de imagen que pueden realizarse si se precisa, son el TAC y la resonancia magnética nuclear (RMN), que son útiles para valorar grandes bocios y determinar su extensión y la relación con las estructuras vecinas.
Si se establece preciso, se realiza una gammagrafía tiroidea, prueba de medicina nuclear que sirve para obtener una imagen funcional del tiroides y valorar si existe disfunción de la glándula.
Por último, en caso de sospechar que los nódulos presentes en el bocio nodular o multinodular pueden tener un origen tumoral maligno, se realiza una PAAF (punción aspiración con aguja fina), que es la extracción de una pequeña muestra de tejido para su análisis en el laboratorio de anatomía patológica.
Se puede considerar un factor de riesgo fundamental para padecer bocio el tener un déficit de yodo en la dieta.
Otros factores de riesgo son el ser mujer, tener una edad mayor a 50 años, fumar, tomar muchos alimentos bociógenos o medicamentos que aumenten el riesgo de bocio (litio, Amiodarona…etc), el embarazo, haber recibido radiación en el cuello o tener antecedentes familiares de patologías tiroideas como enfermedades autoinmunes o tumores de tiroides.
El bocio puede ser diagnosticado por el médico de familia. Si este determina la necesidad de evaluación especializada, remitirá a la consulta del endocrino.
La falta de yodo en el organismo puede desencadenar el padecimiento de bocio, al aumentar la glándula tiroidea su tamaño con intención de elevar la absorción de este elemento. También puede darse una disfunción del funcionamiento del tiroides, que deja de producir suficiente hormona tiroidea (ya que necesita el yodo para su formación), lo que se denomina hipotiroidismo.
El tiroides es un órgano del cuerpo humano encargado de producir hormonas que intervienen en múltiples procesos del metabolismo corporal. El bocio es el aumento del tamaño de este órgano.
El bocio puede afectar al cuello y si el tiroides aumenta mucho de tamaño, puede expandirse hacia la cavidad torácica.
Se hace referencia al bocio difuso para denominar un tipo de bocio simple en el que se produce un aumento global del tejido tiroideo (sin la presencia de nódulos).
El bocio multinodular tóxico es un tipo de hipertiroidismo en el que se produce un aumento del tamaño del tiroides con formaciones nodulares (pequeños tumores) que realizan una producción elevada y anómala de las hormonas tiroideas.