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Riesgos de las Dietas Milagro

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De la piña, de la alcachofa, del grupo sanguíneo, alcalina, de la sonda…. ¿te suenan? Estas son sólo algunas de las muchísimas dietas de adelgazamiento de “moda” que se publicitan tanto en medios de comunicación como en centros o clínicas privadas, llegando incluso a ser portada de revistas y libros al alcance de cualquier persona, pero… ¿sabemos realmente si se trata de dietas con base científica?, ¿son realmente eficaces?, ¿tienen algún efecto secundario que pueda comprometer nuestra salud? A continuación, vamos a esclarecer estas y otras dudas para conocer qué hay detrás de estas dietas y cómo reconocerlas a primera vista.
Hay que tener en cuenta que la pérdida de peso debe ser el reflejo de un cambio de hábitos constante y duradero en el tiempo que permita también lograr un estado de salud óptimo y mejorar otros aspectos.

Claves para detectar dietas milagros

Aunque todas las dietas milagro tienen un objetivo común (prometer una pérdida de peso eficaz), sus metodologías difieren entre ellas, ya sea porque unas teorizan sobre la importancia de ingerir un mínimo de calorías y otras se focalizan en la ingesta de un determinado nutriente al que atribuyen propiedades milagrosas (véase la famosa “dieta de la alcachofa”). No obstante, a continuación, mostramos algunas de las claves para identificar dietas o métodos fraudulentos para la pérdida de peso:

  • Prometen resultados rápidos y milagrosos que se consiguen “sin esfuerzo”.
  • Se basan en permitir la ingesta de un grupo concreto de alimentos, limitando o prohibiendo la ingesta de otros. En esta “lista negra”, suelen aparecer los carbohidratos como el pan, arroz, pasta o patata y las grasas (aunque sean grasas saludables), como el aguacate y los frutos secos.
  • Contienen afirmaciones que contradicen las recomendaciones basadas en evidencia científica.
  • Incluyen testimonios y documentos fotográficos que comparan el antes y el después del tratamiento para aportar credibilidad. De hecho, la legislación española prohíbe utilizar los testimonios de personas famosas o influyentes o de pacientes reales o supuestos como medio de publicidad de cualquier método o producto para la pérdida de peso.
  • No tienen en cuenta el asesoramiento de un dietista-nutricionista (algunas de estas dietas se pueden llevar a cabo con la simple lectura de un libro) y, en caso de ofrecer un asesoramiento, éste no viene de un profesional debidamente cualificado.
  • Atribuyen efectos milagrosos a un nutriente o alimento concreto, exagerando sus propiedades.
  • A menudo, sus tratamientos implican la toma de ciertos productos o suplementos dietéticos comercializados por la misma empresa que promueve el método o la dieta, cuya publicidad es fraudulenta o engañosa
  • Sus recomendaciones están avaladas por estudios sin suficiente validez: estudios realizados con insuficientes casos, sin suficiente revisión o testados sólo en animales o en modelos celulares (in vitro).
  • No tienen en cuenta un plan de alimentación personalizado basado en la historia clínica y necesidades de cada persona, por lo que no individualizan su tratamiento según diferentes situaciones y grupos de edad: adolescentes, menopausia, personas con patologías relevantes (cáncer, diabetes) etc.

¿Son perjudiciales para la salud?

Una de las principales dudas antes de llevar a cabo un tratamiento para la pérdida de peso es conocer los riesgos y efectos secundarios que las denominadas “dietas milagro” nos puede acarrear a corto y largo plazo, a destacar:

  • Producen un “efecto rebote” a largo plazo ya que, en la mayoría de ellas, el metabolismo entra en un estado de “ahorro energético” que conlleva una resistencia a la pérdida de peso en sucesivas dietas. Además, al no promover una correcta educación alimentaria, el individuo puede volver a retomar los hábitos de alimentación anteriores a la dieta y recuperar el peso perdido en poco tiempo.
  • El peso perdido no conlleva una preservación de la masa muscular. Es decir, se puede perder peso sin perder grasa corporal, con lo que se induce una disminución del metabolismo basal y, en consecuencia, una disminución de la energía que gastamos en reposo.
  • Pueden desencadenar déficits vitamínicos y efectos secundarios como descompensación de electrolitos, alteración de la glucosa o de parámetros plasmáticos en personas con necesidades especiales como adolescentes, deportistas, embarazadas o diabéticos. Algunas de las manifestaciones de dichas alteraciones pueden ser: fatiga, mareos o dolores de cabeza.  
  • Pueden producir efectos adversos no deseados debido a la interacción de un alimento con un medicamento concreto: es el caso de la dieta del pomelo, cuya ingesta puede interaccionar negativamente con fármacos antihipertensivos o antihistamínicos.
  • Pueden favorecer el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria al transmitir conceptos erróneos sobre alimentación y promover una obsesión para la pérdida de peso a cualquier precio y sin tener en cuenta la salud física y psicológica del paciente.

Entonces, ¿cuál es la mejor alternativa a este tipo de dietas?

Cuando se trata de perder peso, no hay que buscar atajos rápidos para lograr un objetivo a corto plazo ya que, probablemente, si utilizamos las directrices que promueven este tipo de dietas “milagrosas”, el resultado será un aumento progresivo del peso una vez hayamos abandonado el tratamiento. Es más, hay que tener en cuenta que la pérdida de peso debe ser el reflejo de un cambio de hábitos constante y duradero en el tiempo que permita también lograr un estado de salud óptimo y mejorar otros aspectos como el cansancio, el estrés, malas digestiones o incluso nuestro estado de ánimo.

Para ello, es imprescindible hacer un chequeo médico y, posteriormente, ponerse en manos de un profesional de la salud cualificado para abordar problemas de sobrepeso, como es el caso de los dietistas-nutricionistas.  Además, en la pérdida de peso no hay una sola fórmula que sea efectiva y universal: el sobrepeso y la obesidad son situaciones complejas que hay que tratar de manera individualizada y, si fuera necesario, con la ayuda de un equipo multidisciplinar (psicológos, entrenadores, etc.)