Es un hecho: la incidencia de la neumonía aumenta con la edad. Así, entre los 65 y 74 años se calcula en 10/1.000 habitantes por año y en mayores de 85 en de cerca de 30/1.000. Ante el progresivo envejecimiento de la población, nos encontramos con una enfermedad para la que, pese a los avances terapéuticos, aún se requiere ingreso en el 75% de los mayores.
Las infecciones respiratorias y, en concreto, las propias del tejido pulmonar, las pulmonías o neumonías, siguen siendo situaciones de importancia clínica. Si esto es cierto a cualquier edad, más aún en personas de edad avanzada, ya frágiles por enfermedades coincidentes o sólo por el paso del tiempo. La neumonía como causa de muerte se estabiliza e incluso tiende a disminuir (19,31 contra 18,6 por 1.000 de los fallecimientos en el 2000 y 2010, respectivamente) si bien aún supone la sexta causa de muerte entre los ancianos.
Los factores de riesgo principales para la presencia de neumonía en mayores de 65 años son:
La típica clínica de la neumonía es fiebre alta, tos con expectoración purulenta o “fea” y dolor en el pecho, habitualmente “en punta de costado”, como si clavaran un cuchillo en las costillas. Sin embargo, en los ancianos este síntoma frecuentemente no se presenta. Fiebre sin foco (no se descubre el origen), dificultad para respirar sin otros síntomas, deterioro general, e incluso deterioro de funciones superiores (lo que se conoce como síndrome confusional agudo) son las presentaciones más frecuentes en ancianos, más cuanto más frágiles son.
Cuando se sospecha neumonía en un anciano por fiebre sin foco o presencia de síndrome confusional, se debe estudiar la posibilidad de neumonía mediante analítica de sangre (deberemos encontrar signos de activación de las defensas), así como pruebas de imagen, fundamentalmente radiografía de tórax, en la que encontraremos las típicas “manchas” en el pulmón, zonas en las que la infección aumenta la densidad del tejido pulmonar.
Aunque en más de la mitad de los casos de neumonía en ancianos no es posible llegar a conocer el microorganismo causal de la infección, en la mayoría de los casos los microorganismos responsables son neumococo, pseudomona (sobre todo en EPOC y enfermedades relacionadas), gérmenes anaerobios si se trata de una neumonía por aspiración (dificultad en la deglución). Así, es frecuente administrar antibióticos de amplio espectro como levofloxacino o moxifloxacino, o combinaciones de otros antibióticos, También se utilizan para el control de complicaciones asociadas: la administración de oxígeno, corticoides desde fase tempranas para disminuir la inflamación de los tejidos pulmonares, y otras combinaciones para prevenir o controlar complicaciones cardiacas, neurológicas o renales.
Dado que el microorganismo que más provoca neumonías en ancianos sigue siendo el neumococo, una de las principales acciones de prevención es la vacunación antineumocóccica. Es altamente recomendable para todo adulto mayor de 65 años que reciba una dosis de la vacuna de 23 serotipos.
La vacunación anual de la gripe también es importante, no porque el virus gripal pueda producir neumonías (que lo hace, y cuando lo hace en ancianos es de especial gravedad), sino porque provoca alteraciones inmunológicas que favorecen el desarrollo de neumonías como complicación de cuadros gripales.
Evidentemente, si mantenemos a nuestros ancianos en mejor estado general, retrasando la fragilidad, lo que implica mejorar la nutrición y procurar que realicen ejercicio suave para tratar de evitar la pérdida de masa muscular, también nos ayudará a disminuir el riesgo de neumonía y que, cuando se presente, tenga mejor pronóstico.