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Cómo Tratar el Trastorno Límite de la Personalidad

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La persona con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) camina día a día por la vida buscando el equilibrio como un funambulista en la cuerda floja. Abajo se extiende un abismo contra el que batalla por no caer y necesita de una barra que lo estabilice para no precipitarse hacia lo más profundo.
El origen del Trastorno Límite de Personalidad es una mezcla de distintos factores y circunstancias genéticas, bioquímicas, neurofisiológicas, pero también de factores aprendidos y modulados.

Buscando su lugar…

Durante muchos años, el TLP se había considerado el cajón de sastre de la psiquiatría. Son tan variadas sus manifestaciones y los trastornos que se vinculan con él, que en principio no encajaba en ninguna de las dos grandes categorías diagnósticas tradicionales, ni en las neurosis ni en las psicosis, ya que tenía elementos de ambas. Por eso, cuando en 1980 se creó como categoría con entidad propia en el DSM (manual que compila y define los trastornos psiquiátricos), se denominó trastorno límite (o borderline). Es irónico que esta desubicación tanto tiempo sostenida dentro de la psiquiatría se corresponda también con una gran desubicación a nivel vital en las personas con TLP.

¿Qué es?

El TLP es un síndrome complejo y heterogéneo que está sobre todo asociado con la inestabilidad emocional y el control de impulsos. Afecta al 2% de la población adulta, y es el trastorno más frecuente en poblaciones clínicas ya que requiere de ingresos y consultas diversas tanto por la gravedad de sus síntomas como por los trastornos que tiene asociados: trastornos del estado de ánimo (depresión, trastorno bipolar, etc.), de ansiedad, de alimentación, de abuso de sustancias y elevada tasa de suicidio, cuestiones todas ellas que generan una amplia demanda asistencial.

A pesar de que se ha tendido a considerar un trastorno más propio del sexo femenino, se sabe que afecta a ambos sexos por igual, aunque se diagnostica más a mujeres por motivos culturales. La edad de inicio se sitúa a finales de la adolescencia o principios de la edad adulta, aunque frecuentemente aparezcan síntomas ya durante la infancia (entre los 8-11 años).

¿Qué síntomas lo caracterizan?

Los síntomas fundamentales en los que se manifiesta el trastorno son:

  • Intentos frenéticos para evitar un abandono real o imaginado.
  • Relaciones interpersonales intensas e inestables, marcadas por una alternancia entre la idealización y la devaluación.
  • Alteración de la identidad: autoimagen y sentido de uno mismo inestable.
  • Impulsividad en (como mínimo) dos áreas potencialmente dañinas para sí mismo, p.ej. abuso de sustancias, conducción temeraria, atracones de comida, relaciones sexuales compulsivas, derroche económico…
  • Comportamientos intensos, amenazas de suicidio o autolesiones.
  • Inestabilidad afectiva: cambios en el estado de ánimo que oscila en horas o días.
  • Sentimientos crónicos de vacío.
  • Ira intensa o dificultades para controlarla.
  • Ideas paranoides debidas a estrés o síntomas disociativos.

Es importante remarcar que el diagnóstico de TLP siempre debe realizarlo un profesional (psiquiatra o psicólogo)

¿Causas?

El origen del TLP es una mezcla de distintos factores y circunstancias genéticas, bioquímicas, neurofisiológicas, pero también de factores aprendidos y modulados desde la infancia a la adultez a nivel familiar y social. Los factores de riesgo incluyen:

  • Comunicación deficiente en la familia.
  • Abandono o miedo al abandono en la niñez o en la adolescencia.
  • Vida familiar disociada.
  • Abuso sexual, físico o emocional.

¿Falsos mitos?

  • Son personas destructivas”: es importante ayudar a comprender a la persona qué hay detrás de las conductas autodestructivas para trabajar sobre ellas y sustituirlas por  otras menos nocivas. Los motivos de las conductas autodestructivas son diversos: ansiedad, miedo, autocastigo por haber fracasado, enfado hacia otros… A veces puede ser una manera desesperada de pedir ayuda o de reflejar lo mal que se sienten, otras son una forma de espiar la culpa (“soy mala persona”, “no valgo para nada”) y otras es una manera de sentirse vivos o sentir dolor por algo tangible. Aunque parezca contradictorio, la autolesión, las conductas abusivas o autodestructivas conducen a una aparente calma temporal o incluso una euforia que interrumpe el profundo malestar sentido. Detrás de la destrucción hay un intento (fracasado) de construcción.
  • Son personas manipuladoras”: parte importante de la “mala prensa” del TLP son las conductas manipuladoras. Es importante entender que detrás de actitudes aparentemente egoístas, se esconde un intento de hacer frente a emociones difíciles de tolerar y habitualmente son otro intento más de calmarse. Detrás del enfado hay miedo. En último término, quien paga las peores consecuencias de esas supuestas manipulaciones son justamente las personas con TLP.
  • Nunca cambiarán”: es cierto que es difícil mejorar si no se buscan las condiciones para poder hacerlo, por eso es tan necesario buscar no sólo ayuda terapéutica sino una ayuda de calidad.  Detrás de unos pobres resultados terapéuticos se esconden más habitualmente deficiencias en el tratamiento más que una incapacidad de la persona para mejorar. No hay casos perdidos, sino casos mal trabajados.

¿Es todo malo?

Son tantas las reacciones negativas que generan las personas con TLP que hay una tendencia a pasar por alto sus aspectos positivos. No sólo tienen una gran capacidad empática sino también una sensibilidad especial, una especie de sexto sentido que les permite detectar en qué estado emocional se encuentran las personas de su alrededor, por lo que son capaces de hacerlas muy felices en los momentos buenos. Al ser personas intensas, tanto lo malo como lo bueno se acentúa. Tienden a ser personas inteligentes.

¿Tratamiento?

Cada persona es un mundo, por lo que la psicoterapia requiere abordar aspectos específicos para las necesidades de cada una. Sería como hacer un traje a medida. No obstante, algunos aspectos que habitualmente se trabajan en psicoterapia con esta problemática son: la identidad y la diferenciación con los demás, las emociones y su regulación emocional, los límites y las relaciones personales, el autocuidado, etc.

¿Pronóstico?

En los últimos años se está cambiando la forma de entender el curso del trastorno. Ha pasado de ser considerado como algo “incurable” a aparecer múltiples propuestas de tratamiento con resultados, cuanto menos, reveladores. Es cierto que no son tratamientos cortos, ya que es necesario modificar aspectos básicos de la personalidad, pero hay luz al final del túnel. Todo lo aprendido se puede desaprender.

Lo más urgente es crear la tranquilidad y estabilidad necesarias para establecer con qué aspectos se identifican de sí mismos y diferenciarlos de aquellos que están más relacionados con el aprendizaje o la falta de habilidades y recursos. Hay que llenar huecos para, poco a poco, ir integrando la personalidad y descubriendo a la persona. En la edad madura tienden a mejorar los síntomas.

Si bien la tendencia puede ser ir hacia la cuerda en cuanto aparezca, hay muchas formas de caminarla: el funambulista puede ir armado con cuerdas, atalajes y sujeciones varias, casco y paracaídas, o incluso motores a reacción que hagan decidir el propio vuelo y hacer que el equilibrio sea más una realidad que una excepción.