Para muchas personas, el verano significa más horas al aire libre, vacaciones y tiempo de descanso. Para otras, supone también una preocupación añadida: cómo reaccionará su piel durante los meses de más calor.
El aumento de las temperaturas, la exposición solar, la humedad o la sudoración pueden modificar el comportamiento de algunas enfermedades dermatológicas. Rosácea, psoriasis y acné son tres ejemplos frecuentes de afecciones que suelen experimentar cambios durante esta época del año.
Entender qué ocurre y saber cómo actuar puede ayudar a prevenir brotes, reducir molestias y disfrutar del verano con mayor tranquilidad.
El verano combina varios factores que afectan directamente a la piel: temperatura alta, radiación solar intensa, sudoración excesiva y cambios de hábitos. Cada uno de ellos actúa de forma diferente según la condición de cada persona, pero hay un patrón que suele repetirse: la piel inflamada necesita más atención cuando hace calor.
Más allá de lo estético, hay muchas enfermedades dermatológicas que tienen un impacto real en el bienestar emocional, la concentración y la calidad del descanso. Y eso, en el contexto laboral, se nota.
La rosácea es una enfermedad inflamatoria crónica que afecta principalmente a la zona central del rostro: mejillas, nariz y frente. Se caracteriza por enrojecimiento, sensación de calor y, en muchos casos, pequeñas lesiones similares al acné.
El verano es especialmente difícil para quienes la padecen. El calor es uno de los factores que más claramente desencadena los brotes, junto con los cambios bruscos de temperatura, la exposición solar y la sudoración. Pasar del aire acondicionado del trabajo al calor exterior varias veces al día puede ser suficiente para provocar una reacción.
Una encuesta de la Sociedad Nacional de Rosácea reveló que el 95% de los pacientes con rosácea sabían poco o nada sobre sus signos y síntomas antes del diagnóstico. Sin embargo, debido a sus efectos enrojecidos, similares al acné, en la apariencia personal, puede causar importantes problemas psicológicos, sociales y laborales si no se trata.
Además, el estrés (otro desencadenante conocido) suele ir de la mano con ciertas dinámicas laborales en los meses previos a las vacaciones, lo que añade una presión extra sobre la piel.
La psoriasis es una enfermedad crónica que provoca la acumulación de células en la superficie de la piel, formando placas rojizas y escamas que causan picor e irritación. Afecta a entre el 2% y el 3% de la población y cursa en forma de brotes.
A diferencia de la rosácea, la psoriasis tiene una relación más ambivalente con el verano. La luz ultravioleta, de hecho, es uno de los tratamientos más utilizados: más del 90% de los pacientes notan una mejoría cuando se exponen al sol de forma moderada y progresiva. El agua del mar, la mayor humedad ambiental y la reducción del estrés durante el periodo vacacional también contribuyen a aliviar los síntomas.
Sin embargo, el verano también esconde riesgos. Una quemadura solar puede desencadenar nuevas lesiones, un fenómeno conocido como efecto Koebner. El alcohol y el tabaco, más presentes en el ocio veraniego, empeoran la psoriasis. Y el calor excesivo combinado con la sudoración puede irritar las zonas afectadas. La clave está en aprovechar los beneficios del sol sin excederse.
Existe la creencia muy extendida de que el sol mejora el acné porque reseca los granitos. Es un mito que conviene desmontar porque lo que ocurre en realidad es que la radiación ultravioleta puede producir una leve mejoría inicial, pero a medio plazo la piel se inflama más, los poros se obstruyen con más facilidad y el resultado suele ser peor.
En verano, el calor estimula las glándulas sebáceas, que producen más grasa. Esa grasa, mezclada con el sudor y las células muertas, obstruye los poros y crea el entorno ideal para que las bacterias proliferen. Por eso, durante los meses más calurosos, aumentan las consultas por brotes no solo en el rostro, sino también en la espalda, el pecho y los hombros (lo que se conoce como bacné) debido a la fricción con la ropa mojada o los trajes de baño.
Las tres son enfermedades crónicas. No desaparecen en verano, pero sí cambian. Y las tres tienen algo en común: sin seguimiento médico adecuado, es fácil normalizar los síntomas, suspender los tratamientos o tomar decisiones que empeoran la situación.
También comparten el impacto emocional. Vivir con una enfermedad de la piel visible tiene consecuencias sobre la autoestima, la interacción social y el estado de ánimo. En verano, cuando la ropa deja más piel al descubierto y el entorno social es más activo, ese impacto puede intensificarse.
Muchas personas con enfermedades dermatológicas no consultan con un médico a tiempo porque les parece una molestia menor, porque no quieren pedir una baja, o simplemente porque pedir cita en verano puede complicarse. La consecuencia es que los brotes se alargan, los tratamientos se abandonan y los síntomas empeoran.
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